Dicen los expertos en turismo que el futuro será para aquellos destinos que sean capaces de ofrecer un relato singular a sus clientes. Es decir, es fundamental huir de la “macdonalización” social así como de las urbanizaciones adosadas, tan al uso en nuestras costas. De hecho, ese modelo no es más que el vivo ejemplo del pelotazo urbanístico, tan rápido como fugaz.
Hoy vivimos, tras los cambios de gobierno en la Generalitat y ante las próximas elecciones municipales, del día 22 de mayo, un nuevo debate sobre el urbanismo. El debate siempre es positivo. Lo importante es saber si tras el debate existe una idea, un proyecto colectivo de interés general o simplemente la suma de algunos intereses particulares. Es una premisa muy necesaria para que el debate tenga algún sentido.
Aran ha conservado razonablemente bien su paisaje y su urbanismo gracias a un sentido de homogeneidad entre sus pueblos. Hay algunas excepciones, pero razonablemente aceptables, si nos comparamos a otros valles. Tras años de estirar y estirar hasta la saciedad las normas subsidiarias de 1982, la revisión de nuestros crecimientos y de los criterios de futuro ha sido más que razonable, a pesar de que, ciertamente, todo es mejorable.
El Conselh Generau d’Aran ha trabajado constructivamente para que el Plan director urbanístico, que inició su redacción en enero de 2009, responda a algunos criterios fundamentales: la sostenibilidad económica de nuestro modelo y la preservación de un relato que, en gran medida, se explica desde el paisaje.
Por ello, sin que exista una oposición del Conselh Generau d’Aran a revisar este Plan y algunos aspectos que se puedan mejorar por la administración que ostenta la competencia, es decir, la Generalitat, resulta preocupante que el exsíndico Barrera plantee la modificación de este Plan como un acuerdo político entre CiU y CDA. Pero, ¿el urbanismo es un pacto político? ¿O ha de responder a pactos institucionales y sociales? Entiendo que la modificación de un acuerdo urbanístico debe hacerse con la participación del conjunto del país, de sus alcaldes y el conjunto de sus instituciones representativas. Nunca en base a un acuerdo parcial y, menos todavía, partidista.
Una modificación que debe tener claros cuáles son sus motivaciones, sus afectaciones y especialmente los ámbitos a modificar. No se puede pretender preservar las iglesias y no establecer limitaciones en sus entornos; crecer sosteniblemente y al mismo tiempo alentar la masificación. Los sectores hoteleros y turísticos saben perfectamente qué costes tiene para los balances económicos de sus empresas los crecimientos excesivos. En Aran tenemos recientes ejemplos de hacia dónde conduce ese camino.
Revisemos este Plan, si así lo considera quién ostenta la competencia urbanística, y hagámoslo desde el consenso institucional. Hagámoslo sabiendo que de nuestros planteamientos del presente nacerá el Aran del futuro. Y hagámoslo pensando que este Valle no puede ser el fruto de unos pocos intereses económicos o electorales. Aran merece construir su relato siendo fiel a su paisaje, a su tradición y a una visión compartida y participada del territorio. El resto, como se dice coloquialmente, sólo es “pan para hoy, hambre para mañana”.